Cansada de ver como lentamente perdía el lugar en el
mundo, se trajo a este a la mano y le enseñó que ella debía ser su propio
universo.
Este blog inició con un propósito: entretener. Aquí podrás encontrar frases, mini historias, diálogos y aventuras literarias. Bienvenidos a una cabeza inquieta, bienvenidos a la cabeza de Tatiana Uribe.
lunes, 17 de noviembre de 2014
sábado, 15 de noviembre de 2014
Cianuro y cicuta
Ella besaba y después mataba, tenía cianuro en sus labios
pero recetaba cicuta a sus amantes.
Para ella
Cansada de las invenciones, decidió hacer su propia
historia de amor; ya no le importaba a quién hiriera, sólo utilizaba a la gente
que carecía de autoestima con el único fin de saciar sus necesidades. Eso para
ella era:
a m o r
miércoles, 12 de noviembre de 2014
El colibrí
Y el joven colibrí decidió alejarse del néctar más dulce
que probó... Sus alas dejaron de moverse 61 veces por segundo en su posición
estática y decidió disminuirlos a 55 para dirigirse a otra flor.
Esperas absurdas
Entre indecisa y pesarosa pensó: es que esperar fidelidad
de un infiel es como pedirle peras al olmo
jueves, 6 de noviembre de 2014
RUTINA
Su
rutina matutina era simple, se levantaba a las cinco de la mañana, salía a
trotar un poco junto a su perro, 45 minutos de zancadas largas y 15 minutos de
caminata lenta hasta su casa para reponer el aliento.
Para
realizar esto prefería evitar llevar llaves, celular u objetos que lo
desconcentraran o le incomodaran, su técnica para no quedarse por fuera, se
basaba en dejar las llaves en un hueco que había junto al interruptor de la luz.
Al llegar, abría la puerta, sacudía los pies en el tapete, le echaba agua al
plato del perro y se hacía un jugo. Se limpiaba las manos y se sentaba
plácidamente en el mueble mientras sintonizaba en la radio las noticias.
Siendo
las 6:30 a.m. hacía ejercicio con el juego de pesas que le había llevado un
pariente años atrás, sus repeticiones y rutinas se extendían hasta las 7:20, e
iniciaba otro de sus rituales: el baño.
Antes
de entrar, volvía a sacudir sus pies, se los frotaba con una toalla y procedía
a ingresar a su recinto de catarsis; se quitaba sus prendas lentamente mientras
la iba poniendo en el cajón de la ropa sucia. Al estar completamente desnudo,
entraba en la cabina, abría la llave del agua caliente y esperaba a que ésta tuviera la temperatura apropiada, mientras tanto jugueteaba con los pies y las
manos hasta que sentía que el agua estaba en el punto que a él le gustaba. Por
fin se ubicaba debajo del chorro, hacía círculos con la cabeza de un lado para
el otro, luego movía los hombros: arriba y abajo, adelante y atrás… cerraba la
llave, respiraba profundamente, tomaba el jabón y frotaba absolutamente todo su
cuerpo, luego con agua fría se enjuagaba. Tomaba la toalla que previamente
había doblado y puesto encima de la repisa, exclusiva para las toallas,
separadas por colores dependiendo del día de la semana; esta vez era verde, el
color que representaba el jueves. Se secaba de arriba para abajo, con mesura hacía
movimientos en la cara y el cuello luego iba el resto del cuerpo, lo hacía un
poco más rápido, cuando estaba completamente seco salía de la cabina.
Con
la toalla a medio poner se dirigía a su habitación, se recostaba 10 minutos en
la cama y procedía a vestirse, cuando finalizaba le daba la comida a su perro y
alistaba su desayuno: avena y frutas.
Todos
los días era lo mismo, su rutina finalizaba siempre a las 8:30 a.m. teniendo
todo empacado en su maletín, se despedía de su compañero de cuatro patas y se
disponía a caminar hasta el alimentador que lo llevaría al metro, 40 minutos
hasta su destino final, 6 horas en su trabajo, 40 minutos de regreso y a las
5:00 p.m. volvía a cruzar la puerta de su casa. Sus días se resumían en eso.
Contar el tiempo, agotarlo, consumirlo y volver a iniciar la cuenta. Metódico y
preciso, siempre con un reloj en la mano, en la sala, comedor, habitación y
baño.
Evitaba
trasnochar. Antes de las nueve de la noche estaba acostado y dispuesto a
conciliar el sueño, ya no hacía falta poner la alarma, siempre estaba de pie
antes de que ésta sonara…
El
viernes hizo un cambio, pequeño, pero sintió que esta vez no era necesario
escuchar las noticias, sintonizó una emisora de Jazz, subió el volumen e hizo
que el baño fuera más efusivo, abrió la puerta de la cabina y no le importó el color de
la toalla que tomó, salió saltando y en vez de dirigirse a la habitación fue
directamente a la cocina, le dio la comida a su mascota e hizo su desayuno. Se vistió
mientras bailaba y salió de su casa con una sonrisa.
En
el transporte, no pensó en la gente que invadía su esfera y hasta saludó a una
chica que le coqueteó, invitó a almorzar a una compañera de trabajo que siempre
le había llamado la atención, armaron planes para la noche y todo fue fluyendo
de manera armoniosa. Como siempre a las cinco estaba en su casa, pero esta vez
la prepararía para recibir a su visita.
Compró
unas cuantas velas, comida italiana y un vino Norton Cosecha Tardía, organizó
meticulosamente la mesa, con todos los cubiertos y las servilletas de un color
que combinara con el mantel. A las 8 debía llegar aquella mujer.
La
música ya estaba preparada, organizó unas cuantas canciones para que se reprodujeran
automáticamente y de esta forma no interrumpir lo que pudiera acontecer.
Parecía
que el tiempo estuviera corriendo más rápido de lo normal, el citófono, el
teléfono y el celular no sonaban, siendo las 8:30 el ánimo se vino abajo, las
velas ya un tanto derretidas, la comida casi fría y el hielo del vino ya evaporado
indicaban que la mujer jamás llegaría. Se soltó la corbata, se quitó los
zapatos y se sentó en el mueble.
A las
nueve el citófono replicó, un poco desubicado y ya con el peso del cansancio en
sus párpados, tomó la bocina; al otro lado, el celador medio tartamudo por el
frío le anunciaba la visita de una mujer, él la hizo pasar esperando que ella
no tardara mucho y que su estadía fuera corta. Minutos después el timbre sonó.
Sin
muchos ánimos abrió la puerta, encontró a la mujer con un brillo despampanante
en sus ojos, llevaba un vestido y semi corto de color negro y sus labios tenían
un color exquisito, la hizo pasar, le ofreció algo de beber, ella aceptó vino.
Él
nunca preguntó el por qué la impuntualidad, le bastó con su presencia, la
comida se precalentó y cenaron en la sala, entre la charla se descubrieron
secretos, fantasías, sueños, miedos y una que otra anécdota vergonzosa, la
mujer pidió otra copa de vino, el sin titubear la sirvió, un poco más llena que
la primera, la música se apoderó de sus cuerpos y empezaron a bailar mientras sonreían.
Sus cuerpos se rosaban entre las melodías que destilaba el equipo de sonido y
con el efecto del vino y la luz que daban las velas que aún estaban encendidas
los sentimientos empezaron a aflorar con más facilidad.
Las
miradas se hacían más penetrantes, las voces mermaron su volumen y por fin sus
labios se cruzaron, el cuerpo de la mujer se veía más suculento y de repente ella subió
su vestido y abrió las piernas dejando a la vista su diminuta ropa interior, el
bajó la mirada un tanto apenado pero ella lo retó visualmente, le tomó la mano e hizo que él la recorriera de arriba abajo.
Tomaron otra copa de vino y entre besos y caricias el mueble se convirtió en el lugar
más placentero de la casa, olvidó el tiempo y el orden, se bajó la bragueta del
pantalón y ella descendió lentamente… Lo besó, lo acarició; él extasiado observó a
la mujer, mientras tanto, entró en un trance, sus ojos se perdieron y su cuerpo se
volvió libidinoso, cayó en el mueble y ella sin reparo se subió en él, sus
movimientos eran espléndidos, su cuerpo bailaba al ritmo de la música y llegaron irónicamente al tiempo.
Ambos
saciaron sus instintos, se miraron el uno al otro, ella se levantó, tomó su
vestido y sus tacones, se bogó el último trago de vino y se fue sin despedirse.
Al otro día él se levantó a las cinco de la mañana, para salir a trotar con su perro,
45 minutos de zancadas largas y 15 minutos de caminata lenta hasta su casa para
reponer el aliento…
jueves, 23 de octubre de 2014
¡Nos perdimos!
- ¿Qué
te pasa?
- Las
personas se van cansando de suplicar un puesto, de rogar un título…
- ¿A
qué te refieres?
- A
nada, nunca hago alusión a nada. Lo he dicho, lo he gritado, lo he cantado…
- ¡La
verdad no te entiendo!
- Y ¿cuándo
lo has hecho? O al menos, nunca he visto que te hayas preocupado por hacerlo.
- ¡Ya
no sé qué es lo que quieres!
- Creo
que soy como una película de David Lynch, nadie me entiende, siempre acaba mal pero sé que tarde o temprano querrás saber más…
- ¡Ahora
sí me perdí!
- Ves,
ya nos perdimos.
martes, 21 de octubre de 2014
La Escritura
Arrinconada entre la puerta del metro y el vidrio junto a
las sillas (lugar que para ella era perfecto) miró hacia la publicidad que
ponen en la parte superior, junto al techo... Esta vez no era el jean que
levanta la cola o las promociones estúpidas de Flamingo sino que era de esas
frases que merecen estar en ese lugar y que la gente la lea las veces que sean necesarias…La vio y asimiló, casi la memorizó decía algo así como: “La memoria
es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales
conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos”… Héctor Abad
Faciolince, antioqueño, escritor y periodista que con sus ideas y libros ha transformado
paulatinamente la percepción de quién leyó esa frase.
Todo el día ella pensó en eso, en la playa de supuestos
olvidos, en la memoria desdichada que tenía y sobre todo en tratar de armar
rompecabezas de recuerdos, difusos, confusos y la verdad, muy poco nítidos.
Hablaba consigo misma, movía las manos y fruncía el ceño, estaba teniendo una
pelea con su otro yo.
Subió al metro de la línea B, entusiasmada miró hacia la
bendita publicidad… Encontró otra frase… coincidencialmente del mismo autor que
la anterior: “Escribo porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con
la lengua”… Una gran sonrisa se dibujó en su rostro, los demás seguramente
pensarían que era por algo que había escuchado a través de sus audífonos, pero
no sabían que fue esa frase, esas 14 palabras las que identificarían de por
vida a esa mujer.
La escritura se convirtió en su pasión, en esa amante
insaciable que la despertaba a altas horas de la madrugada para ser acariciada,
besada, para ser usada como medio de liberación… La escritura se volvió su
vicio, su juicio, su testigo, su crimen…
miércoles, 8 de octubre de 2014
El pendejo
Muere
brutalmente la razón por culpa de una cosa que se cree superior: el ego. Este
pendejo absorbe el talento, dejando en una nube de estupideces a quien lo
posee.
jueves, 2 de octubre de 2014
¿Qué esperar?
¿Qué
esperar de la espera interminable de una mentira latente?
¿Qué
esperar de aquellos expertos mitómanos que te juran tonterías fijando sus ojos
en los tuyos y proclamando bellas utopías?
¿Qué
esperar de quienes perdieron su Norte cuando su brújula se estropeó y nunca la
pudieron reparar?
¿Qué
esperar del supuesto príncipe azul que pintó con anilina sus trajes y con la
lluvia mostró sus verdaderos harapos?
¿Qué
esperar de su cara sin reflejo, de su alma sin cuerpo, de su vida sin tiempo?
¿Qué
esperar del amor enfermizo y patético que se defiende como quien no tiene una
causa justa por la cual luchar?
¿Esperar?
Ya me cansé de esperar a que pasen cosas que jamás sucederán, me cansé de
esperar cambios, pasos, progresos. Me cansé de sólo soñar.
Decido
irme lejos por un tiempo, reencontrarme conmigo misma porque me cansé de esperar
respuestas que nunca encontraré y “evoluciones” en eslabones perdidos… en
cambio he tenido promesas a medias, mentiras enteras, palabras hirientes y
señalamientos absurdos.
En
conclusión, la espera a veces es sólo cronometrar los minutos que la muerte le quita a la vida…
domingo, 28 de septiembre de 2014
¿Inmoral?
Ella estaba sentada debajo de un árbol, buscando la
sombra que propiciaban sus hojas, tratando de encontrar en el tronco la fortaleza
para lo que se avecinaba.
Se quitó los zapatos y con los dedos empezó a juguetear
con el pasto húmedo, enterraba y sacaba los dedos de la tierra, poco le
importaba que sus uñas se pusieran negras. Se recostó y miró al cielo, en las
nubes encontraba figuras, no, de hecho no había forma alguna pero desesperadamente
inventaba personajes, animales u objetos. Su imaginación era ágil y pronto
desarrolló historias sin final.
Sus pies seguían moviéndose, tomó de su bolso una botella
de agua, bebió dos o tres sorbos y volvió a guardarla, se secó los labios y
pensó en él… zarandeó la cabeza y su atención volvió a las nubes.
Se quedó unos minutos suspirando y de repente se sentó,
volvió a hurgar su bolso pero esta vez sacó una libreta y un esfero. Decidida a
confesarse inició su escrito.
Es común que
escribamos sobre amores y pasiones pero se alarman cuando ven la palabra sexo y
más si es una mujer la que la emplea, lo más extraño es que las que más se
sorprenden y se sonrojan son las mismas mujeres, es como si ellas no pensaran en
eso, científicamente no tanto como los hombres pero sí lo hacemos, y con
constancia.
Me gusta hablar de
eso, no veo por qué no hacerlo, ¿es acaso irreverente?, hay humedades, por
agua, licor, besos, caricias… Hay humedades donde el amor está de luto y la
perversión se posiciona, donde las piernas se unen y terminan en gemidos. Hay
sequías en abrazos, en palabras y miradas ¿por qué no humedecerlas con algo de
sexo casual?
No soy una monja ni
tengo pretensiones de serlo, no soy puta ni soy virgen, simplemente acepto que
me gusta el sexo y hablar de ello…
Escuchó un ruido, subió la cabeza e inevitablemente soltó
una carcajada llena de timidez y algo de remordimiento por lo que había
escrito. No quiso seguir haciéndolo, se sintió realmente avergonzada, arrancó
la hoja de la libreta, la rompió, la metió en el bolso y huyó de allí como
quien comete un crimen y abandona rápidamente el lugar de los hechos.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Compañía
Enciende el tercer
cigarrillo de la noche mientras se dispone a escuchar Moanin', ese álbum que
tenía guardado para momentos especiales. El señor Art Blakey sería su
acompañante, destrozando con cada tonada las lágrimas que corrían por su
rostro. Los recuerdos, el presente y el futuro… todos los tiempos compensados
en una canción de 10 minutos.
jueves, 11 de septiembre de 2014
¿Por qué teme?
¿Por
qué tiene que ponerle tantos pero a la libertad, al amor, a la expresión? ¿Por
qué no puede simplemente abrazarla/o, mimarla/o, besarla/o? ¿Tanto le teme al
amor puro que prefiere encerrarse en su zona de confort por miedo a dar un paso
a la libertad?
Y es
que es claro, todos le tememos a lo desconocido, por eso ponemos tabúes, pero ¿y
si se arriesga? ¿Qué puede perder?, ¿una vida mal vivida y llena de desconfianza,
zozobra y señalamientos? Y si mejor piensa qué puede ganar.
Piense
en positivo, no frene al viento ni lo obligue a cambiar de rumbo, no estanque
el agua y mucho menos retenga las ganas de vivir.
Si
con ella o con él se desinhibe, no oculta ni teme, sonríe, llora, grita, canta,
baila y brinca… si bebe, come, duerme y sueña en la misma almohada… si planea,
concreta, juega, se ilusiona… si ella o el los hacen mejores personas ¿Por qué
temen?
jueves, 14 de agosto de 2014
Hoy salen a caminar los demonios.
Hoy salen demonios a caminar
este valle, desgarrando entrañas y cultivando penas. Trastabillan mientras se
alejan de cuerpos que han dejado áridos y resecos; se alimentan de anhelos y
deseos de seres que no luchan por ellos, que su fuerza se desvanece con el
pasar del tiempo.
Se sumergen en recuerdos,
pasiones y sueños, se babean por un estuche de huesos, tejidos y nervios,
capaces de hacer temblar al más fuerte, de conseguir la lágrima del ser
dominado por la avaricia y el despotismo.
Hoy salen a caminar los
demonios, buscan debajo de techos, de lechos, de pechos, de estrechos caminos a
un jugoso manjar. Andan lento, atentos a olores, colores y miedos, a llantos, a
besos sin peso, a almas que se mudan sin aliento, están pendientes de textos,
de escritos... De escritos como estos que invocan su compañía, la soledad
constante que calienta las noches frías, ellos beben de aquel café amargo junto
a la esquina de la mesa, inhalan el humo de ese cigarro que se consume, pero lo
que más aprecian es la melancolía de aquella que escribe: hoy salen a caminar
los demonios.
lunes, 7 de julio de 2014
Una corta historia de...
Era un día lluvioso y
bastante frío, tres cobijas jugaban el papel de un iglú en una cama ancha y
sola, un cubre lecho azul era la puerta, dos almohadas eran los asientos y una
tablita en la mitad era la mesita que sostendría minutos después una taza de
aromática caliente.
Mientras tanto en la cocina
estaba ella frente a la estufa, esperando que el agua hirviera… la miraba
estupefacta, no le importaba que las tejas fueran a derrumbarse por la tormenta
que caía estrepitosamente en la ciudad. El resto de la casa estaba a oscuras, quería
que pensaran que no había nadie habitando ese lugar. Pitó la tetera, el sonido
la alertó, apagó el fogón, tomó su pocillo, sirvió el agua, de la alacena tomó
la bolsita de manzanilla y la sumergió, no le echó azúcar y escurridizamente corrió
a su habitación.
Entró a su esfera, a su iglú,
ese mismo que días antes había construido con paciencia mientras pensaba que
ese lugar jugaría el papel de resguardo, su barrera, su trinchera. Puso el
pocillo en la tabla y sin razón aparente comenzó a llorar.
Por su mente pasaban
recuerdos, anécdotas, momentos, luego basura, charlatanería, palabras vacías,
regaños, gritos… su mente era un estambre supremamente enredado, buscaba
desesperada las puntas pero en el medio el nudo era cada vez más grande, más conciso.
Tomó un sorbo de aquel
líquido que suponía la pondría a dormir plácidamente, al menos por unos
minutos, estaba muy caliente, se quemó la punta de la lengua, sus ojos que ya
estaban llorosos se empaparon un poco más, sopló y dio un largo trago, la
aromática estaba cumpliendo su efecto… 20 minutos más tarde sus parpados
comenzaron a pesarle, corrió la tabla, acomodó las almohadas, cogió unas
sábanas y se recostó.
Cerró los ojos y como le había
recomendado su psicólogo empezó a pensar el papel que jugaba la respiración en su
cuerpo antes de dormir, a sentir el recorrido que hacía la sangre, a pensar que
estaba en un lugar cálido y acogedor… De esta forma fue conciliando el sueño
hasta que se desconectó de la realidad y empezó a soñar.
Había una sombra, suponía
que era ella, estaba hablando con un hombre que aparentemente tenía unos 60
años, su barba era larga, tupida y muy blanca; las arrugas de la frente y junto
a la boca eran los escritos de una vida de experiencias, su nariz era como el
pico de un loro, pero sus ojos, sus ojos parecían estar hechos de agua:
transparentes, vivaces y comprensivos.
Era tarde, estaban sentados
en la banca de un parque, ella le estaba contando sus pesares, sus miedos, él
simplemente escuchaba con atención y la miraba, la observaba y sin que ella se
diera cuenta la analizaba. Cuando ella terminó su relato, el dio paso a un
largo abrazo, las lágrimas le mojaron el hombro al hombre y como si nada
hubiera ocurrido, con sus manos secó las pómulos de esa mujer perdida en el
laberinto de la vida.
Ella se retiró, pero él, él
se quedó allí sin pronunciar una sola palabra, esperó a que ella estuviera un
poco más alejada y que diera la última mirada hacia atrás, eso siempre pasaba
con las personas que él había escuchado antes. Ocurrió y entonces procedió a
llamarla con una seña sobria que hizo con la mano derecha.
Ella se devolvió, el hombre
hizo otra señal para que se sentara y por fin su voz se conoció, era
temblorosa, frágil pero envolvente; decidió ponerse de pie y mientras lo hacía suscitó:
Alguna
vez Frida Kahlo dijo “donde no puedas amar no te demores”. Eso precisamente fue
lo que pensé mientras me relataba su historia, joven señorita. El amor no se fuerza, los compromisos se
respetan, las personas se olvidan y los recuerdos, muchas veces se quedan. El
averno está colonizado por esos amores malditos, por ese por el que está
sufriendo, yo con el tiempo he aprendido que las personas somos muy parecidas a
las cebollas, estamos hechas de capas pero hay quienes por miedo a amar o a
despojarse de su zona de confort se van pudriendo y así, lo que brindan no es
puro. Confunden el amor con pasión, los abrazos se convierten en paisaje, los
llantos en teatro y los besos en rutina. Señorita permítame decirle que usted
está haciéndose un daño innecesario, él no va a cambiar, ni por usted ni por
nadie, él se siente feliz así y si ese tipo de felicidad es la que lo llena no
habrá pretensiones de cambio. Mientras tanto usted ha llorado en silencio
muchas noches, preguntándose sobre sus propios defectos. Le recuerdo dama, que hay
momentos y situaciones en que ninguno de los dos es culpable, la vida está forjada
de caminos, senderos y calles sin salida. Usted decida por dónde va a caminar,
disfrute su presente pero piense en qué pueden ofrecerse en un futuro… ¿Vale la
pena esperar un cambio que jamás ocurrirá?
Ella se despertó atónita, la
sabiduría del viejo en ese sueño le dio la fuerza necesaria para equilibrar sus
sentimientos, para preguntarse el por qué y el para qué, para concluir que
soltar una situación o una persona no es miedo sino amor propio.
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